
Manuel Viola (Zaragoza, 1916 – San Lorenzo de El Escorial, 1987), de nombre de pila José, fue uno de los primeros pintores abstractos españoles y uno de los más importantes pintores informalistas de España. Su vida estuvo jalonada de nomadismo –como exiliado de la Guerra Civil– y aventura –de «aventurero contumaz» lo calificó Millares–, algo que fue determinante en su pintura. Su vocación inicial fue por la poesía y el dibujo: en Lérida fundó la revista Art; en Barcelona escribió en el catálogo de la exposición logicofobista, y en París participó en el grupo de La Main à Plume, siempre dentro de la filiación surrealista. Su mundo, que transitó entre lo culto y lo popular, fue surreal y gitano, taurino y místico, alocado y genial, siempre en la confluencia de lo vivido y soñado; en ese lugar inasible donde fermenta el gesto espontáneo, la creatividad. Manuel Viola fue a la vez persona y personaje: un hombre de estampa regia, con su voz quebrada por el cierzo a orillas del Ebro, su lacia cabellera blanca de alazán anarquista y sujeto desbocado y su sempiterna capa negra; y siempre entendió como indisolubles el arte y la vida, aliado al pensée de Rimbaud de que«todo arte auténtico es biografía». Lo dijo de manera precisa su amigo Picabia: «Si un día Viola tiene a la vez una cita con la vida y con un cuadro, se irá siempre con la vida».
En los meandros de su evolución pictórica tuvo un curioso itinerario: pasó de ser el miembro más joven de la escuela de París a ser el mayor del grupo El Paso. Su paleta, deudora de la de El Greco, de Zurbarán y del Goya negro del Museo del Prado, acuñó un gesto explosivo y arrebatado dentro del informalismo español –tras atravesar la abstraction lyrique y/o el tachisme–, cuya mejor huella fue el cuadro La saeta (1958). Con Saura, Millares, Canogar, Feito, Rivera y demás miembros de El Paso expuso en importantes colectivas por toda Europa y Estados Unidos en la consagración del informalismo español de los cincuenta. A finales de la siguiente década viajó y expuso por Sudamérica, el «continente de la esperanza» que dijera Malraux. Y en los setenta abordó la gráfica, el trabajo cerámico y ahondó en la escenografía tras su «sed de absoluto» de la que habló Santos Torroella. Viola fue un pintor de tablao y albero, un artista de luz y tiniebla; el maestro del blanco y negro que arrancó a la pintura un gesto explosivo, arrebatado. De su «voracidad expresiva», Juan Eduardo Cirlot escribió con poética incendiaria sobre «su gusto por el gesto torturado y profundo, afilado como garfio de carnicero». De «diablo canoso», y «brujo de la pintura española», lo llamó Francisco Umbral. Viola fue uno de los colores de El Paso.

Título
Manuel Viola. Entre la luz y la tiniebla.
Editorial
Editorial Cierzo, Zaragoza.
400 páginas. 31 x 26 cm. Tapa dura.
Año de publicación
2014