El hospital Sainte-Anne de París

“Frente a la lucidez de Van Gogh en acción, la psiquiatría queda reducida a un reducto de gorilas, realmente obsesionados y perseguidos, que sólo disponen, para mitigar los más espantosos estados de angustia y opresión humana, de una ridícula terminología, digno producto de sus cerebros viciados. En efecto, no hay psiquiatra que no sea un notorio erotómano”.

Van Gogh o el suicidado de la sociedad. Antonin Artaud

Las proféticas palabras de Antonin Artaud, lejos de enojar a los psiquiatras debería espolearlos lo suficiente para que, en la práctica con sus pacientes, no sucumbiesen no solo a una «ridícula terminología» (¡qué diría de tener los manuales del DSM de la American Psychiatric Association o del CIE de la Organización Mundial de la Salud en sus manos!), sino también a una ominosa terapéutica basada exclusivamente en la prescripción de cócteles de psicofármacos avalados por la industria farmacéutica. Puede que Van Gogh, pero desde luego él mismo fue un suicidado de la sociedad psiquiátrica de su tiempo (mediante la aplicación de sesiones recurrentes de electroshock o terapia electroconvulsiva), con las que terminó por hundirse físicamente, aunque aún tuvo lucidez psíquica suficiente para anhelar «seguir convirtiéndome en un hechizado eterno», según apuntó en sus últimas palabras. En su «Carta a los directores de asilos de locos» escribió sobre la reclusión arbitraria del loco («los locos son las víctimas individuales por excelencia de la dictadura social»), sobre su carácter verdaderamente genial y sobre la legitimidad absoluta de su concepción de la realidad. Al final de la misma, anotó: «Esperemos que mañana por la mañana, a la hora de la visita médica, recuerden esto, cuando traten de conversar sin léxico con esos hombres sobre los cuales, reconózcanlo, solo tienen la superioridad que da la fuerza».

El Hospital Sainte-Anne de París es uno de los hospitales de referencia de la psiquiatría europea y sus muros encierran buena parte de la historia de la psiquiatría francesa. El centro cuenta con pabellones dedicados a grandes nombres de la psiquiatría clásica como Valentin Magnan, alienista pionero en los problemas del alcoholismo y del «delirio polimorfo de los degenerados» (luego, Bouffée délirante aiguë), o a célebres psicoanalistas como Piera Aulagnier, autora interesada en el estudio de la violencia de la interpretación; sus calles tienen nombres míticos del surrealismo, como André Breton o Henri Michaux, fascinados por l’art des fous, el arte de los locos, aspecto muy impulsado en el centro; en sus salas trabajaron Jean Delay y Pierre Deniker, los autores de la primera valoración sistemática de la clorpromacina en 1952, fármaco con propiedades antipsicóticas cuyo hallazgo supuso el nacimiento de la psicofarmacología; y en sus aulas Jacques Lacan dictó seminarios y realizó presentaciones clínicas quincenales durante muchos años. Mi visita al Centre Hospitalier Sainte Anne de París  estuvo enmarcada por las crueles palabras de Antonin Artaud, consciente de que lo que buscaba –un mural surrealista pintado en 1945 y destruido en 1963– ya no existía más que en el recuerdo sepia de algunas fotos y en vagos textos que había localizado, pero que iba a respirar la atmósfera de ese recuerdo, los pasos de sus autores y las huella permanente de la locura; que la presencia de la ausencia de todo aquello merecía la pena, con cita en el 1.º de la rue Cabanis de París.  

Laurence Husson en «Surréalisme à l’hôpital Sainte-Anne. La Salle de Garde dans tous ses états» informa de los avatares sufridos por dos murales surrealistas realizados en las paredes de dos salas del hospital de Sainte-Anne: del primero, pintado por Frédéric Delanglade en 1936, en el comedor de los internos, que fue destruido por los nazis tras la ocupación alemana; del segundo, pintado por diez artistas, en la sala de guardia, que tristemente fue destruido en 1963 en una ampliación del edificio (engañosamente justificado –a mi modo de ver– por la dirección del hospital, aduciendo de que creían que se trataba de una ejecución realizada por estudiantes del centro, ¡cuando había sido pintado por diez importantes pintores surrealistas!). La historia es la siguiente: la primera intervención fue realizada por el pintor surrealista Frédéric Delanglade, quien –a instancias de sus amigos Henry Ey, Julián de Ajuriaguerra y, en particular, de Gaston Ferdière–, pintó un gran mural en el comedor de los interno del hospital, titulado L’arbre à mains (1936). El árbol con manos –q[ue ocupaba un muro central y dos paredes laterales– era un  «fresque oniriste» concebido como una ilustración de los conceptos freudianos (la castración, el Edipo, etc). Pero el mural contaba entre sus  numerosas y sobrecogedoras imágenes con una horrorosa araña con una esvástica, pintada sin connotación alguna con la cruz gamada nazi, motivo suficiente para que, durante la ocupación alemana de París en la Segunda Guerra Mundial, el mando alemán decidiera destruir el mural ordenando pintarlo de blanco.

Después de la liberación de París, en la amalgama entre el júbilo y la camaradería, diez pintores –entre ellos cinco españoles– decidieron realizar un mural colectivo en la salle de garde para suplir la afrenta de la destrucción nazi, cuya presentación tuvo lugar el 16 de diciembre de 1945. En su realización participaron Francis Bott, Honorio García Condoy, el propio Frédéric Delanglade, Óscar Domínguez, Luis Fernández, Maurice Henry, Jacques Hérold, Marcel Jean, Baltasar Lobo y Manuel (Viola), con aportaciones puntuales  de Dora Maar y Gaston Ferdière. Los pintores de mayor filiación surrealista, alentados por el método preconizado por Breton de la exploración de un «azar objetivo», confeccionaron el mural sin proyecto previo, incluso intreviniendo varios de ellos a la vez en un mismo asunto. El nuevo conjunto mural fue bautizado por un enfermo mental como L’age de la vie, la edad de la vida, y abarcaba varias paredes de la sala. El homenajeado, Frédéric Delanglade, pinto el cuerpo central del mural titulado L’Oiseau Icarien, la imagen de un hombre volando –una alegoría al mito de Ícaro– con el cuerpo enladrillado y asido con una suerte de artilugio mecánico con múltiples ruedas y cables a dos alas confeccionadas con varios pliegues y unidas mediante diversos engranajes. A sus costados y con el estilo bien definido de cada uno, una mujer dentro de una concha de Marcel Jean, una rosa de los vientos de Jacques Hérold, diferentes caras de Ubu, hasta un total de doce representaciones… En una pared, junto a la puerta de entrada, se observa una esquemática cabeza de toro de Luis Fernández, y debajo de ella la mujer bajando una escalera de Óscar Domínguez.

La aportación de Manuel –del aragonés Manuel Viola, conocido simplemente como Manuel de cuando estuvo en el maquis, en la Resistencia francesa– consistía en una cabeza de mujer con un fuerte vendaje sobre la misma producida por una trepanación quirúrgica, probablemente una de las pacientes que pudo ver en el propio hospital en alguna de sus visitas. Por aquellos años la psicocirugía (la lobotomía cerebral consistía en la sección de uno o varios fascículos nerviosos de uno o de ambos lóbulos cerebrales, generalmente prefrontales) fue una práctica frecuente, introducida por el neurólogo Egas Moniz en 1935, y por la que recibió el Premio Nobel en 1949. La pintura de Manuel, titulada La femme bandée, reflejaba el resultado de la intervención: la mirada entre triste y dolorida de la paciente, fatalmente perdida, abocada a la alienación de su identidad, sometida a vivir una vida sin ser. Una pintura dramática, reflejo de una triste época de la psiquiatría como la que denunciaba Artaud, en la que el brazo en alto de la paciente, fruto del más puro automatismo reflejo, evocaba un leve atisbo de esperanza, o el ultimo reclamo de libertad.

1 Comentario.
  • María José

    22 junio, 2015 at 17:38 Responder

    Enhorabuena por el artículo, me ha parecido interesantísimo.

    Un saludo!

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